martes, 2 de septiembre de 2008

CALOR DESENFRENADO


Azota el calor…

Tanto así que obligó al mismo Diablo a huir del averno para refugiarse en su penthouse con aire acondicionado.

Por las calles la gente deambula untada a las paredes en vano intento de escamotearle un pedazo de sombra que las cobija.

La ciudad hierve. El asfalto se derrite, las tuberías de agua revientan y evaporan el precioso líquido. Los pozos languidecen. Los volcanes, antes eternamente nevados, muestran sus cimas agrestes. Los glaciares se derriten y se despedazan. Los enormes bloques de hielo que vende don Poncho, triplican su valor antes de evaporarse y la gente los compra como un preciado tesoro y corre a su casa a resguardarlos para gozar de unos instantes de frescura.

Los lagos se secan. Los bosques, ¿cuáles bosques?

La brutal deforestación de los montes los ha convertido en desolados páramos. La lluvia escasea. La tierra se agrieta y desierto avanza y asesina.

El deslumbrante reflejo de la arena ciega la vista, reseca la piel y despierta el hambre de sed.

Sí, azota el calor.

Año con año aumenta el termómetro alrededor de todo el mundo. Es el calentamiento caótico que año tras año se advertido de sus pavorosos estragos.

Cierto. Sin embargo, nadie hace algo por frenar el daño que ha causado la "civilización", esa raza humana indiferente y sorda que, en aras de la modernización y el desenfreno de la tecnología rampante, no repara en el costo final.

El agorero, con la cabeza a punto de reventar, clama:

"¡Pecadores sin confesión alguna, las llamas nos consumirán! ¡El castigo será catastrófico y su destino infernal!"

"¡Pecadores confesos, a ustedes también los devorará el fuego que han alimentado!"

"¡Pecadores, no se olviden que un día alguien aseguró que hasta el sol suda…!"


Autor: José Dávila Arellano

CALOR

Un curso inadecuado de acontecimientos,
algo diario en aquel campo ajeno de colores
lleno de brumas malolientes.
Una orgía de cojas ranas saltimbanquis
copulando con sapos de pieles rugogrises.
Las piedras de excremento y limo,
las aguas de la charca verde cieno.
Más cerca,
un élitro perdido,
una crisálida se pudre entre calores,
detritus entre latas de cerveza.
Las vacas, desayuno de tábanos hambrientos,
maldicen su existencia y agotan el dolor,
sus ubres aniñadas por manos como garfios,
mueven sus colas,
buscan aires de otras praderas,
de campas que no son
que nada más nos quedan las que tienen oxígenos ausentes.
Un reguero de tibias y negras osamentas de hormigas olvidadas.
El rígido, hierático lagarto,
erguida la cabeza,
hace como que mira el universo,
sus palmípedas patas hundidas entre lodos.
La mantis religiosa apura el devorar
del compañero transitorio,
cumplidos sus fugaces amores del estío.
Una fórmica rufa desciende entre resecas savias,
del árbol cae un corcho inútil,
para humillar la arena,
no hay flor que valga,
empero...
tan sólo un plástico cerúleo y un vaso de papel parafinado.
Un ave innominada yace,
cuajar al sol,
plumones tal que agujas blancas aceradas,
restos asolanados de amarillos y cadmios.
Y a trasmano
un incoloro condón seco.
Una lombriz de tierra asoma su cabeza ciega y sordomuda,
hace como que otea el horizonte,
comprueba,
verifica,
sale
y
avisa a todos......
por hoy pasó el peligro:
el homo sapiens se ha marchado al fútbol.
Autor: Luis A.

HORIZONTE




Desgarra el sol su corona y me salpica de rojo.


Escupe el brillo desde la nube más fina,


se pintan las alas del mar


con el verde cuajado en tus ojos.


Salen los peces a pasear por los aires,


se cubren de escamas las cabezas.


La verdad del águila viva aguijonea


como enardece el beso perdido en la espalda.


Entre mi mar y tu cielo se alimentan los delirios.


No puede morir la tarde mientras respire el horizonte


y suban mis pasiones hasta el vuelo de tu cuerpo.




Autora: Carmen Amaralis

LO MIRÉ BESAR


Al sentarme a su lado lo miré de reojo. Su aspecto me resultó un tanto repugnante. Pero no permití que ese rechazo instantáneo me impidiera concentrarme en la música que fluía de sus dedos sobre el teclado, y ya no miré más su rostro regordete y rojizo, de mirada triste e indescifrable. Sus manos me hipnotizaron; rozaban el marfil de las teclas con una suavidad erotizante.

Arrancaba delicias al sonido que penetraba lentamente hasta los rincones más ocultos de mis deseos, elevándome en vértigo. Y sucumbí al bolero con la mirada perdida en el desierto de sus manos, en el tacto tibio de sus dedos. Así, desconectada del entorno bullicioso de los clientes del bar, dejé que la imaginación me llevara a su mundo secreto de fantasías y anhelos.

Terminó aquella composición exquisita: "Olvídame", y de nuevo me dí de cara con la proximidad de aquel rostro indescifrable, que parecía perderse en las notas que le arrancaba al piano. Los clientes le pedían "Perfidia" y con una sonrisa melancólica, recogió del suelo una de las carpetas musicales. La tomó en sus dos gruesas manos, y como el que le hace una caricia a un niño, lo vi besar suavemente la contraportada de la carpeta de canciones. Al levantar sus ojos notó el ardor de mi mirada curiosa.

Nuevamente me volví a perder en el limbo de la melodía, venciendo el deseo de entender aquel beso tenue, salido del temblor de sus labios. Luego vino el receso, se levantó de la banquetilla del piano con dificultad y arrastró la mole de su cuerpo hasta el bar. Mis ojos lo seguían. Y como quien se sabe perseguido, hostigado, buscó sentarse en el rincón más obscuro del salón.

No pude resistir, la curiosidad me hacía hervir la sangre en las venas. Le seguí, y cuando estuve a su lado le aprisioné con el arco de mis brazos.

-Necesito entender ese beso, le dije.

Bajó la mirada, y con el rostro mucho más enrojecido, murmuró entre dientes, reprochando mi descaro: besé la foto de mi ángel, desde que murió me acompaña siempre.

Ya no quise saber más. Fue entonces cuando entendí porque la música que brotaba de este ser me elevaba al cielo.

Y me dije en silencio: no es lo mismo amar que mostrar el amor.


Autora: Carmen Amaralis

lunes, 1 de septiembre de 2008

TE ALEJAS

Te contemplo, tranquila,
mientras te alejas un instante.

Mi yo te ha recorrido como un veneno.
He tejido mis neuronas a las tuyas,
excavado tus arterias, dado pulso
rítmico y amoroso a tu corazón.

Llevas mi olor en tu pituitaria
y la seda de mi piel te arde en las manos.

Te alejas, si,
pero envenenado de mi.

Me portas en tus sueños,
en el aire que respiras,
en la dulzura de la tarde que acaba
y que remolina estrellas en el lejano azul.

Vas y te sigo a pesar mío,
soy el veneno y preciso el antídoto de tu pasión.

¡Qué breve es el amor!

Autora: Luci Garcés

SUMERGIDA EN EL MAR


Hace un calor insoportable y me voy a la playa. Aunque me gusta sumergirme en las aguas tibias, siempre me resisto a esa extraña sensación de desnudez. Me sumerjo hasta el cuello, venciendo el miedo a sentir mil manos acuosas acariciar mi piel. Poco a poco logro meter la cabeza bajo del agua y abrir los ojos. Es entonces cuando me gozo la ilusión óptica. Se distorsionan mis pies, se ven pequeñitos, y se mueven solos, sin el mandato de mi cerebro.

Un cosquilleo delicioso me paraliza. Observo con detenimiento el tiempo que el aire en los pulmones me lo permite. Veo acercarse pequeños pececitos a chupar los bordes de los deditos, y los más atrevidos suben a lamer mis piernas cortitas en proporción al torso. No quiero salir del agua, el efecto óptico me encanta, por fin me veo con unos senos grandes que se mueven al vaivén de las olas.

Creo que el calor me tiene alucinando. Vuelvo a sumergirme. Hay tantas personas bañándose cerca, que me parece un descaro fijarme en los traseros ajenos, sin que los dueños imaginen mi curiosidad impertinente. Ahí sumergida puedo notar los retozos de las parejas de novios rozándose las entrepiernas en frenesí. Los manoseos me dan risa. Las ganas de reír me hacen sacar la cabeza al calor, sigo alucinando y vuelvo darme de cara con el atrevido que tengo muy cerca.

Con razón en un momento dado llegué a pensar que tenía cuatro pies, y del caleidoscopio de las manos, ni se diga.


Autora: Carmen Amaralis

¿Qué les pasa a las alemanas cuando llega el calor?


El Doctor Therbürg andaba esa mañana completamente desasido de la realidad. Dos días antes, el Frankfurter Allgemeine Zeitung había titulado a cuatro columnas ¿Qué le pasa a las alemanas cuando llega el calor? No pudo evitar descolgar el teléfono de su despacho y realizar esa llamada que tenía pendiente a su homólogo y compañero Doctor Smith, en Oxford.
Tras casi una hora de conversación, el Doctor Therbürg, al colgar, clavó sus codos en la mesa, se tapó con las palmas de sus manos los ojos y un grito desgarrador salió de su menudo cuerpo. Se sabía poseedor de la solución de aquel enigma que tenía sumido en una duda nacional-existencial a más de 40 millones de féminas, hijas todas ellas, de la gran Deutschland.
Volvió a hojear el Frankfurter Allgemeine Zeitung e intentó atisbar en aquel artículo el motivo que había llevado al redactor jefe, Gerard Börse, a lanzar aquella pregunta, casi prohibida, a la calle... ¿Qué le pasa a las alemanas cuando llega el calor?... se preguntaba y repreguntaba en silencio el Doctor Therbürg.
Volvió a coger el teléfono. Tras marcar parsimoniosamente todos los dígitos del número de su casa, avisó a Marlene, su mujer, que llegaría más tarde.
Marlene llamaba a la Policía cuatro horas más tarde para denunciar el retraso extraño de su marido.
El teniente Alex Fritz le confirmó la noticia:
- Señora Therbürg; su marido ha fallecido tras intentar tragarse el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Pero algo nos ha sorprendido. La portada del diario tenía subrayado en rojo la frase que estos días todos comentan: ¿Qué le pasa a las alemanas cuando llega el calor?
Marlene, en un gesto espontáneo, le arrebató de su funda costal, la parabelum luguer al teniente Fritz. Primero le disparó a él. Sus genitales volaron. Luego, introduciéndose el cañón, aún humeante del arma en su boca, se levantó la tapa de los sesos.
Hoy, treinta y cinco años después de leer esta noticia, una amiga me preguntaba desde Londres ¿Qué le pasa a las alemanas cuando llega el calor?
Autor: Nin@delapuerta
www.fernandortega.com

EL CALOR


Un piélago de luz reverbera en el centro del paisaje, mientras la noche se desliza sudorosa por el aura azul de un millón de estrellas.Hay quietud hasta en las alas de los grillos, los olivares cantan, entre sus hojas, un silencio denso que va rompiendo, en gotitas, todos los sueños y la sed de nuestros cuerpos…

Entre las sombras, recorro con las manos tu sudor que me deja impregnada de deseo; sólo me calma el eco de tu lejana voz, el recuerdo a mar de tus pupilas donde un horizonte infinito guarda nuestros besos.

Cuando vuelva el sol a quemar mis retinas, en esa deslizante agonía de horas muertas, recordaré el frescor llameante de tus suspiros, mientras me llamabas en la intima oscuridad de mis entrañas.

Tus dedos desmenuzan palabras sobre mi lengua,

el calor las derrite

y la tarde, castigada de espejismos,

devuelve la sensatez a unos pies cansados

que roturan de caminos nuevos la campiña…


Autora: Lola Bertrand

CALOR




Canto
Ardoroso.
Luces
Opalinas
Rodean
aCaparando
lAs tierras
aLbarizas
nO hay sonidos
uRbanos
anClados
trAs la noche
soLo un grillo
atOnante
apRisiona los ecos
cerCando los silencios
cadA vez más cansino
afiLando su grito
comO aviso de alarma
alaRgando sus notas
que Cálidas resuenan
alejAndo paciencias
que Los nervios destruyen
la nOche de bochorno
él pRegona incansable.




Autor: Ernesto Garza



















Existen muchas razones para aprovechar el calor del verano, modos y maneras de gozar de las temperaturas que nos hacen sudar, desear dormir la siesta a la sombra, de buscar la brisa de la playa, la tórrida existencia de nuestras pasiones, el deambular en noches estrelladas esperando encontrar brujas, demonios, el averno abierto en las llamas de una hoguera.



Pero ese mundo placentero o de horrores sin nombre sirven, también para que un grupo de amantes de la literatura escriban sobre el calor en sus diferentes vertientes, en aquellas, justamente, que su imaginación ha hecho salir y refleja en Iceberg Nocturno.