lunes, 1 de septiembre de 2008

SUMERGIDA EN EL MAR


Hace un calor insoportable y me voy a la playa. Aunque me gusta sumergirme en las aguas tibias, siempre me resisto a esa extraña sensación de desnudez. Me sumerjo hasta el cuello, venciendo el miedo a sentir mil manos acuosas acariciar mi piel. Poco a poco logro meter la cabeza bajo del agua y abrir los ojos. Es entonces cuando me gozo la ilusión óptica. Se distorsionan mis pies, se ven pequeñitos, y se mueven solos, sin el mandato de mi cerebro.

Un cosquilleo delicioso me paraliza. Observo con detenimiento el tiempo que el aire en los pulmones me lo permite. Veo acercarse pequeños pececitos a chupar los bordes de los deditos, y los más atrevidos suben a lamer mis piernas cortitas en proporción al torso. No quiero salir del agua, el efecto óptico me encanta, por fin me veo con unos senos grandes que se mueven al vaivén de las olas.

Creo que el calor me tiene alucinando. Vuelvo a sumergirme. Hay tantas personas bañándose cerca, que me parece un descaro fijarme en los traseros ajenos, sin que los dueños imaginen mi curiosidad impertinente. Ahí sumergida puedo notar los retozos de las parejas de novios rozándose las entrepiernas en frenesí. Los manoseos me dan risa. Las ganas de reír me hacen sacar la cabeza al calor, sigo alucinando y vuelvo darme de cara con el atrevido que tengo muy cerca.

Con razón en un momento dado llegué a pensar que tenía cuatro pies, y del caleidoscopio de las manos, ni se diga.


Autora: Carmen Amaralis

No hay comentarios: